“Caminar en una clave más intercultural”

Ana María Guantay, Agustina Misionera.   

Ana María GuantayLa hermana argentina Ana María Guantay (45) participó recientemente en el Seminario de Formación Inicial en Clave Intercultural que organizaron las conferencias de religiosos y religiosas del Cono Sur de la CLAR. Tuvimos oportunidad de conversar con esta oriunda de localidad de Salta quien anteriormente participó en el primer encuentro con esta misma temática. Es religiosa de las  Agustinas Misioneras,  miembro de la Junta Directiva de la Confar. En los jardines del Centro Espiritualidad Loyola en la comuna  de Padre Hurtado nos ofreció su perspectiva de la clave intercultural.

Ana María, sobre ese encuentro anterior en clave de interculturalidad ¿qué nos puedes comentar?

Se trato del primer seminario que organizaron las conferencias del Cono Sur. Nos convocaba cómo compartir la experiencia de formación viviendo con hermanos y hermanas de distintos países y culturas. Y en este contexto los desafíos que se presentan diariamente en el acompañamiento de jóvenes que están en proceso de abrazar la vida religiosa.

¿Cómo descifraron este desafío?

Primero está la misma convivencia. Es decir, la conciencia que tenemos de caminar en una clave más intercultural. Y digo conciencia porque en la vida cotidiana ya somos interculturales. Es una riqueza que tenemos incorporar en la formación.

Al compartir todos los días con hermanos o hermanas de distintas culturas el mayor desafío es considerarnos como hermanos no como enemigos, vernos más desde la clave del discipulado de Jesús. Eso es un plus que es una clave para ir haciendo un proceso de discernimiento a nivel personal, comunitario, en la misión, en la concepción del mundo, en la experiencia de Dios, en mi expresión de mi relación con lo sagrado.

¿Qué más destacarías de la clave intercultural?

Darnos cuenta que en la vida religiosa cada congregación tiene una cultura desde cómo se piensa y expresa su carisma a través de símbolos, gestos, expresiones. Hay que preguntarse cómo se encuentra esa cultural con las culturas juveniles. Es un encuentro fuerte que nos tiene que transformar a ambos, y a veces a la vida religiosa le cuesta un poquito y quiere que los jóvenes se adecuen a ciertas formas culturales. Es caer en la cuenta que tenemos que hacer un camino juntos de crecimiento y construcción, de irnos haciendo más hermanos y hermanas en una clave más intercultural que en realidad es lo que estamos viviendo.

Las características actuales de los jóvenes ¿afecta a la vida religiosa?

La afecta. Ellos son nativos digitales y nosotros migrantes. Eso para mí es un regalo que la vida religiosa tiene con estos jóvenes. Tenemos que bajar el nivel de sospecha que viene porque no manejamos eso en que ellos viven. Es un nuevo lenguaje que a la vida religiosa le permite recrearse con estas nuevas formas de expresar. Es una invitación a un camino de aprendizaje. Así como nosotros les compartimos ciertas habilidades y sabidurías de la vida, también ellos nos comparten y nos regalan nuevos lenguajes y expresiones.

También es un desafío lo digital y tecnológico

No hay que ser ingenuos. Si la vida religiosa no asume el desafío de aliarse en las experiencias y sabidurías de jóvenes y adultos vamos a perder. Todos estamos en aprendizaje. “Todos nos debemos reinscribir en la escuela del discipulado de Jesús” en este contexto histórico decíamos en ese encuentro anterior. Y una de las expresiones es lo digital. Eso también presenta un desafío a la espiritualidad. Vivirla en este contexto es distinto al de cinco o 10 años atrás.

¿Qué peligros ves en este caminar?

El peligro está cuando nos cerramos en lo propio. Nos arrinconamos y queremos imponernos a los demás. Lo malo está en sentir al otro como amenaza.

¿Qué otras claves se asoman en lo intercultural?

La vinculación. En una cultura un gesto dice cosa y en otra el mismo gesto puede decirte lo contrario. Entonces, cómo entrar en esos diálogos, en esa cierta manera de vincularnos. Es un trabajo artesanal que no está hecho y hay que hacerlo.

Otro aspecto son las riquezas de las culturas antiguas, los pueblos originarios, que aparecen con un caudal de humanidad que permiten a la vida religiosa y a toda la humanidad tomar conciencia de lo ecológico, del cosmos. Nos permiten lograr la unidad reconociendo la diferencia, la individualidad cultural, porque no es cuestión de uniformarnos. Cada cultura trae una expresión, un rostro, de de cómo ser persona, de cómo ir siendo discípulo de Jesús de acuerdo los carismas de la congregaciones. Creo que en esto está implicado un mundo más general donde entremos todos.

 

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