Comentario Evangelio 06 de Agosto

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Evangelio según San Mateo 17,1-9

En esta fiesta, el Señor nos invita –como a Pedro, Santiago y Juan- a contemplarlo transfigurado, radiante, glorioso. Para ello, a diferencia de los tres apóstoles, no nos pide subir a la montaña santa. Para sentir a Dios, ya no hace falta escalar altos montes o sumergirse en fabulosos ríos o viajar a lugares sagrados.  “Llegan días en que los verdaderos adoradores adorarán a Dios, no en este monte ni en Jerusalén, sino en espíritu y en verdad”. Desde Cristo, Dios está en el ser humano. Desde Cristo, Dios se hace presente en la comunidad, allí donde dos o más se reúnen en su nombre.

La comunidad es, pues, nuestro más cercano y visible Tabor. Es verdad que no todo lo que en ella encontramos y vivimos es luminoso y santo. Nuestra comunidad es también monte de las tentaciones y monte Calvario. Pero no es menos cierto que hay en ella experiencia de Dios, presencia de Cristo, trabajo del Espíritu. En la comunidad escuchamos la voz del Padre y nos envuelve la nube misteriosa. En la comunidad se enciende la esperanza y se contagia la alegría. En la comunidad hay perdón, hay acogida, hay verdad, hay certeza, hay fraternidad, hay amistad. En la comunidad se renueva la transfiguración. En la comunidad está Cristo resucitado, el Hijo muy amado, y el derroche del Espíritu, que nos conducen al Padre. La comunidad,  Tabor de las revelaciones y transfiguraciones, monte de la luz, de la palabra y del amor.

Transfigurados por la Palabra

 La Palabra es una de los primeros resplandores del Tabor: “Conversaban con él…” “¡Escúchenlo!”A la luz de la Palabra, la comunidad camina. Al calor de la Palabra, la comunidad se une.  Con la fuerza de la Palabra, la comunidad se renueva y se transforma. Por la fecundidad de la Palabra, la comunidad se multiplica. Si llegara a faltar la Palabra, la comunidad se disgregaría, languidecería, se apagaría.

La Palabra corrige, consuela, pacifica, fortalece, renueva, convierte. La Palabra escuchada y acogida en el corazón es luz, alimento y medicina. Dejándose guiar por la Palabra, algunos han llegado a límites misteriosos y han conseguido transformaciones radicales y transfiguraciones gloriosas. La mayoría de los creyentes lo vivimos de una manera más sencilla y ordinaria, pero también viva y eficaz.

La Palabra sale a nuestro encuentro en el libro sagrado, pero también en las personas, en los acontecimientos, en el propio corazón, en la vida entera.

Transfigurados por el Amor

En el Tabor, el Hijo se siente infinitamente amado por el Padre y envuelto en una nube de amor. Por eso puede decirnos lo que es el amor y puede enseñarnos, con su palabra y su vida, cómo se ama. La fuerza y el resplandor de su amor sanaba las heridas, liberaba de esclavitudes, perdonaba los pecados, encendía las almas, resucitaba a los muertos.

La comunidad ama con el amor de Cristo, a la vez que se siente amada y transfigurada por este amor. La comunidad religiosa se construye precisamente por esta fuerza de amor: es su savia más íntima y su energía más poderosa. El amor trasforma a los hermanos y hermanas en servidores incondicionales, en mártires heroicos, en misioneros arriesgados, en amigos inmejorables, en hermanos inseparables, en testigos del amor más fuerte, más limpio, más humilde.

Transfigurados por el dolor

En el Tabor se hablaba de la pasión y de la muerte. “El Hijo del hombre sufrirá mucho y será despreciado. Hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. El Tabor y el Calvario no están tan lejos. La transfiguración gloriosa del Tabor prepara la del Calvario. El Crucificado será el exaltado y el transfigurado. El sufrimiento, cuando es fruto del amor, purifica, ilumina, transforma. La comunidad doliente es también la comunidad transfigurada.

Todo el que sufre desde la fe o por la fe recibe una fuerza extraordinaria del Espíritu que le da paciencia inquebrantable, confianza ilimitada, paz inalterable.  Vemos con admiración hermanos y hermanas que responden al sufrimiento y la desgracia con la sonrisa, con el amor, con el perdón, con la paz; hermanos y hermanas que no sólo sufren con paciencia y resignación, sino con alegría y agradecimiento, que se glorían en sus enfermedades, que se gozan en sus debilidades y fracasos. La razón secreta de estas transfiguraciones es humanamente inexplicable. Sólo se entiende desde la fortaleza del Espíritu y desde la identificación con Cristo paciente.

Dios, presente en la gloria del Tabor, está presente abajo, en el camino, en el Calvario, en la muerte de Jesús. Está presente en nuestros dolores, en nuestros sufrimientos, en el sufrir de todos sus hijos e hijas, sobre todo en el sufrimiento de los más pobres y abandonados.

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