Comentario Evangelio 11 de Junio

José María Arnaiz SM

Hoy celebramos el misterio de la Trinidad, que “nos revela a un Dios cercano, compasivo y bondadoso, lento para enojarse y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34,8). El evangelio de hoy  acude en  nuestra ayuda para cerrar bien el círculo y afirmar que las personas se realizan cuando superan su egoísmo; así se cede el puesto al otro con el amor. Con esto no se destruye ni se deforma el creyente sino que posibilita  que nazca al fe. Nos recuerda que el ser humano es un ser religioso porque en él la categoría más profunda es la de las relaciones interpersonales.  Por eso toca el corazón de la persona con el amor. Este amor no ofende, no humilla y no busca lo propio. Convierte  a la persona en imagen de Dios. Cuando nuestra vida toma esta forma es más fácil hablar de la fe.

Este amor pone alegría y sonrisa en nuestro rostro y en nuestra vida como la pone en la Trinidad: “El Padre sonríe al Hijo, el Hijo al Padre y su sonrisa produce placer  y el placer produce alegría y la alegría produce amor”. Hay que acertar a ver el amor en el rostro de Jesús y ese rostro en el del torturado o del hombre o mujer de la calle. Un gran paso en nuestra vida es acostumbrarse a mirar el rostro de Jesús con amor y descubrir todas las señales de amor que por él Jesús nos envía.

Cuando eso hacemos nos brota muy espontáneamente de nuestro corazón el amor; el que es el origen y la fuente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Se trata de amar lo que se cree y creer lo que se ama. Es un lindo desafío.

El religioso y religiosa existe para recordar, manifestar y comunicar a los demás el amor de Dios; y dicho de otro modo, no para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve amando y dejándose amar.  Solo con el corazón lleno de amor podemos llamarnos unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por el Padre no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino quizás algo totalmente diferente: resentimiento y enojo. Introducir amor en el mundo es en este preciso momento la gran tarea de nuestra historia. Como vida consagrada nuestra misión místico-profética nos lleva a ser hombres y mujeres buenos que introducen en el mundo amor, amistad, compasión, justicia, cariño, ternura y solidaridad. Así es la VC del amor.

Pocas frases del evangelio son tan citadas como ésta: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. El Padre no sabe ni quiere hacer otra cosa que amar; en el corazón de la Trinidad está el amor. El Padre quiere ver disfrutar a los seres humanos con el amor. Sufre en la carne de los hambrientos, en los oprimidos privados de libertad. No sirven para nada los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no despiertan y hacen crecer el amor y llevan a vivir como hijos de un Dios cercano, bueno y entrañable y al que todos invocamos como padre querido. En él todo nace de su corazón y de su amor.

Con quienes así piensan, sienten y proceden Jesús quiere constituir grupos y así son los que algunos han comenzado a llamar “grupos de Jesús”, movimiento de hermanos y de hermanas al servicio de los más pequeños. Esos son los gérmenes del nuevo mundo querido por el Padre y los anima la fuerza del Espíritu recibido. Ese Espíritu es el amor. La VC es un de esos grupos de Jesús.

Trinidad, Padre, Jesús, Amor, Reino, Grupos de Jesús, Vida consagrada todo junto se convierte en la energía vital del amor. Por eso tiene mucho sentido para mi  el título del Capítulo de una regla de vida de una congregación bastante nueva dedicado a la formación: “Para aprender a mucho y bien amar”. El amor es la medida de la fe y la fe es el alma del amor; es el motivo y la meta de nuestra formación y consagración religiosa; es la trinidad encarnada.

 

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