Comentario Evangelio 14 de Mayo

Muéstranos al Padre

El texto del Evangelio de hoy comienza poniéndonos en el contexto de la última cena. En la mesa compartida, momento de intimidad y de apertura del corazón, Jesús revela su auténtico rostro y lo más esencial de su mensaje. Estos diálogos con los amigos tienen sabor a despedida y a testamento. (Jn 13 – 17).

En este ambiente, Jesús se define como el Camino, la Verdad y la Vida, tríada muy conocida para nosotros, y este “yo soy” suscita una petición de parte de Felipe: Muéstranos al Padre. Jesús le responde claramente: quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. El Padre y yo somos uno solo.

Jesús con sus dichos y sus hechos, con toda su vida, nos ha revelado lo más radical y esencial de su mensaje, nos ha descrito el auténtico rostro y corazón de Dios. Nos ha mostrado al Dios vivo y verdadero.

Por eso, contemplando a Jesús y conviviendo con El, los discípulos van a descubrir que Jesús de Nazaret es el rostro humano de Dios. Pueden afirmar categóricamente: Dios es amor.

Jesús nos mostró el rostro misericordioso de Dios Padre-Madre, que tiene amores preferenciales: los pequeños, los pobres, las mujeres, los que no importan, los excluidos y marginados. El hace que el sol salga sobre buenos y malos y que la lluvia sea un bien para justos y pecadores.

Caminando con Jesús, con corazón discipular, hemos descubierto que el Padre se revela a los pequeños y a los humildes, a los sencillos y limpios de corazón.

Jesús nos ha mostrado al Padre que quiere adoradores en espíritu y en verdad, al Padre que tiene una casa grande, con muchas habitaciones preparadas, donde hay espacios todas y todos.

Este Dios Padre-Madre nunca nos deja huérfanos; el Espíritu estará siempre con nosotros y él nos llevará a conocer y experimentar la verdad que hace libres. ¿Es que acaso una madre puede olvidar al hijo de sus entrañas? Dios no la hará jamás.

Este es el auténtico rostro de Dios que hoy el Papa Francisco no cansa de anunciar y lo está recordando constantemente.

Hoy saludamos a las madres; ellas tienen el privilegio de mostrarnos al Dios Padre-Madre; son un signo elocuente del Dios de la Vida, de la Misericordia y de la Ternura.

A  ellas las ponemos en el regazo de María de Nazaret, testigo de los rasgos maternales de Dios.

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