Comentario Evangelio 16 de Julio

Hna. Sara Romero
Misioneras Siervas del Espíritu Santo.

Evangelio según San Juan 19, 25-27.

El evangelista comienza el relato de esta escena haciendonos notar que “junto a la cruz de Jesús” se encuentran tres mujeres, de las cuales se conoce sus nombres. El número tres en la biblia tiene un significado de unidad, de plenitud y un periodo de Fe. Entre Jesús y estas mujeres se ha tejido una profunda relación, existe una historia compartida y vivida.  Ellas se encuentran a los pies de la cruz contemplando la agonía del Señor. Estas tres mujeres fuertes y decididas  han sobrepasado todo obstáculo, barrera y dificultad para estar junto al inocente que sufre y que se encuentra en los últimos momentos de su vida. Dan prueba de una Fe profunda en Él, en su mensaje y en su entrega por amor. Ellas saben que el amor y el dolor son inseparables; que es posible amar fielmente hasta el final o hasta las últimas consecuencias; el amor incondicional es lo que las identifica en su ser mujer con el crucificado. Son la imagen y a la vez representan a tantas mujeres de fe convencida y actuante, que no sucumben ante las adversidades de la vida; caminan sin temor al encuentro del débil, del pobre, del tratado injustamente, del despreciado, del marginado.

¿Sobrepasamos los obstáculos que se nos presentan para ir al encuentro de los crucificados hoy? ¿Estamos siendo consuelo para los que sufren inocentemente? ¿Cómo acompañamos el dolor de nuestros hermanos de comunidades, especialmente a los enfermos y ancianos?

Luego, la mirada de Jesús doliente se posa de manera especial  en una de las mujeres que forman este grupo, a su Madre y a quien la acompaña, el discípulo amado. Las palabras que dirige a su Madre, llevan a esta a poner su atención y su mirada en otro acontecimiento, en otra realidad. El Hijo y la Madre ya no están centrados en su propio dolor o sufrimiento por más injusto que este sea, las palabras  “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, son palabras que dan inicio a una nueva realidad relacional, a un nuevo nacimiento que se gesta en el misterio de la cruz; se establece la Maternidad Universal de María, hay otros hijos que esperan su amor, su intercesión, compañía y consuelo. Jesús desde la Cruz hace ofrenda de su Madre a toda la humanidad para entrar en una relación personal profunda y cercana con ella, de la misma manera que Él la vivió.  Luego, se dirige al discípulo diciendo: “Ahí tienes a tu madre”. Jesús ofrenda a su Madre a todos los creyentes; la ofrenda como don  de amor, de esperanza, de cercanía. El discípulo y la discípula están invitados a acoger en libertad este don precioso de contar con María, mujer tremendamente humana, sencilla y  valiente; mujer de nuestro pueblo.

“El discípulo la acogió en su casa”, el discípulo acogió este don, acogió a María como madre, la hizo parte de toda su vida, de su mundo externo e interno. Acoger a la Madre de Jesús en nuestras vidas y en nuestro corazón, nos da la certeza de que ella nos llevara hacia su Hijo.

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