Comentario Evangelio 19 de Marzo

Danos, Señor, agua viva…

Evangelio según San Juan 4,5-42

En el camino hacia la Pascua (y hacia el Bautismo, asociado a la vigilia pascual) hoy la liturgia cuaresmal se detiene en el signo del agua. El agua lava y purifica; el agua nutre la vida; el agua apaga el fuego; en el agua se ahoga el imprudente; el agua sacia la sed.

Varias de estas dimensiones del agua se actualizan en el sacramento del bautismo. El bautizado es sumergido con Cristo en el agua “hemos sido vinculados a su muerte… Por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo… Para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom 6, 3-4). En el camino de preparación cuaresmal somos invitados a renovar nuestra consagración bautismal que nos regaló la condición de hijos de Dios.

El pueblo de Israel, en su marcha por el desierto, siente la necesidad del agua. Y en torno al agua, nos dice la primera lectura (Ex 17, 3-7), se produce un desencuentro entre el pueblo y la autoridad. Pero el desencuentro es más profundo: la desconfianza se proyecta a Dios. Justamente en el camino de liberación, desde Egipto hacia la tierra prometida, el pueblo de Israel duda de la presencia de Dios liberador. La fatiga de la marcha por el desierto y la falta de agua se transforman en motivo de rebelión contra Dios y contra su profeta, Moisés. ¿En verdad es Dios quien ha inspirado a Moisés a sacarnos de la esclavitud de Egipto? ¿De lo malo conocido a la promesa de una tierra nueva, que no se concreta? ¿Si Dios verdaderamente marcha con nosotros, a qué se debe tanta penuria? Seguramente que podemos reconocer esta experiencia de desconfianza en momentos críticos de nuestra vida, esta dificultad para aceptar el sufrimiento y el dolor como caminos de encuentro con Dios y de crecimiento personal. El primer domingo de Cuaresma nos hizo encontrarnos con parecidas tentaciones en la experiencia del mismo Jesús.

Entonces, somos orientados por el Salmo responsorial (94) a reconocer a Dios presente en medio de nosotros, a escuchar la Palabra del Señor: “cuando escuchen la voz del Señor, no endurezcan el corazón”. Aprender a discernir lo que viene de Dios de lo que viene del mal espíritu nos trae paz al corazón, nos instala en la confianza y el abandono.

En esa perspectiva nos sitúa la segunda lectura (Rom 5, 1-2,5-8): La fe que se nos regaló en el Bautismo nos ha hecho entrar en la tierra prometida de la salvación. La muerte de Cristo nos ha introducido gratuitamente en la condición de hijos de Dios. El amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu. Estamos en paz con Dios gracias a Jesucristo nuestro Señor. En la esperanza participamos ya de la gloria reservada a los hijos, a quienes Dios ama.

Podemos expresarle al Señor, con la aclamación al Evangelio: “danos agua viva, para que no tengamos nunca más sed”. Es la experiencia que vive la samaritana (Juan 4, 5-42) en su encuentro con Jesús. La mujer, que viene con el cántaro al pozo, es imagen de nuestra humanidad necesitada de salvación, cansada de buscar saciar la sed en pozos que se secan y en aguas que no sacian. “Aquí, junto al pozo, encontramos a Jacob como el gran patriarca que, precisamente con el pozo, ha dado el agua, el elemento esencial para la vida. Pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito de lo biológico” (J. Ratzinger, Jesús de Nazaret ). En diálogo con Jesús, la samaritana, va pasando de la extrañeza por el judío que le dirige la palabra y le pide de beber, al deseo de acceder al agua viva que sacia para siempre, a la búsqueda religiosa, al reconocimiento del Mesías esperado y, finalmente, al impulso misionero que la lleva a anunciarlo a su pueblo (que concluye reconociendo a Jesús como Salvador del mundo).

 

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