Comentario Evangelio 30 de Julio

Hno. Mariano Varona, fms
Hermanos Maristas de la Enseñanza

 

Evangelio según San Mateo 13,44-52.

Cuatro parábolas pronuncia Jesús en este texto evangélico. Dos de ellas tienen mucha relación con nuestra condición de consagrados, aunque son dichas para todos los fieles.

Nos vamos a centrar en las dos primeras.

Es bueno subrayar desde el principio que estas parábolas giran en torno a  objetos muy importantes: un tesoro y  una perla fina. Y al mismo tiempo, subrayar que  por muy valiosos que parezcan pasarán a un segundo plano en el pensamiento de Jesús.

Primero: El tesoro

La perícopa está construida con una  seguidilla de verbos que tienen su sentido. El hombre descubre el tesoro, lo vuelve a esconder, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo donde está el tesoro escondido. Podemos preguntarnos: ¿quién es el tesoro? Y tendremos que responder que el tesoro es el mismo Jesús. El Señor dice que el reino de los cielos se parece a este hombre que compra el campo. Y nosotros sabemos que el reino de Dios está encarnado en la figura de Cristo Jesús. La serie de verbos nos plantea las tareas espirituales que debemos abordar para poseer a Jesús como nuestro tesoro y colocarlo en el centro de nuestras vidas.  En primer lugar, es preciso descubrir el tesoro. Descubrir alude a buscar, a preocuparse por, a discernir. Busco tu rostro, Señor, nos recuerda el salmista. He aquí una gran tarea espiritual, de cada día.

En segundo lugar, volver a esconder, es decir cuidar el tesoro, tomar todas las precauciones para que  no se nos escape la compra. Aquí entra todo el trabajo ascético necesario para encontrarnos con el Señor y vivir unidos a Él.

Finalmente, lo compra, lo hace suyo. Se establece con Jesús una relación tan íntima y cercana que nadie se la puede arrebatar. Tal experiencia está descrita en el salmo 15 con estas palabras:

“Señor, tú eres la parte de mi herencia,
Y de mi copa.
Tú mismo has echado mi suerte.
Las cuerdas me asignaron una parcela deliciosa,
El Altísimo midió mi heredad” (Salmo 15)

Segundo: La perla fina

De por sí la perla es un objeto muy apetecido y valioso. Viste a la gente adinerada y ciertamente es un objeto de lujo. Por lo tanto, muy apetecido y valorado. Esta, además, tiene otra característica. No es una perla cualquiera. Es una perla fina, de mucho valor.

El proceso que sigue la parábola es idéntico al del tesoro: descubre la perla, vende todas sus posesiones para adquirirla. Jesucristo y su Reino son la perla preciosa para nosotros. ¿Qué tenemos que vender para adquirirla? En esta compra confluyen dos elementos igualmente importantes: la gratuidad del que se desprende (Dios) y el precio que tenemos que pagar nosotros. Lo importante en estas dos parábolas es que salimos ganadores. Tanto el tesoro como la perla valen mucho más que todo    lo que nos despojamos. Importa infinitamente más el Señor de las cosas que las cosas del Señor. A este respecto conviene recordar las palabras de san Pablo: “Para mí lo que antes era ganancia, lo consideraré, por Cristo, pérdida. Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por el que doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo” (Fp 3,7-8). Desafortunadamente, hoy en día son muy pocos los cristianos que están dispuestos a quemar las naves de sus seguridades personales o a vender todas sus posesiones con tal de alcanzar a Cristo.

Estas dos parábolas nos entregan otras enseñanzas. La fe es alegría, gozo, alborozo, fermento del amor de Dios, que hace que su Reino llegue a todos, no a unos pocos.

La vida cristiana no consiste en una gimnasia ascética de renuncias y sacrificios para poderse ganar el Reino. Se trata de ser ganados por el Reino, de quedar enamorados del Reino. La fe es un enamoramiento de Dios, una seducción: “me has seducido, Señor y me he dejado seducir” (Jr 20. 7). ¿Por qué el tesoro del Reino no tiene en nosotros esta fuerza de atracción?, ¿por qué no actúa como el norte de una aguja imantada? ¿Por qué nuestro discurso es aburrido y en absoluto interesante, y Dios aparece como una mercadería sin comprador?

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