Ayer recibimos unas fotografías, en las que las hermanas Oblatas del Santísimo Redentor en Rosario, Argentina, evidenciaban que estaban participando del Congreso, mientras amasaban y horneaban los panes que seguramente después compartirán con los más pobres.
Ellas y su acción, me parece que se constituyen en un buen icono que expresa lo que ha sido este Congreso. Todos hemos traído lo poco que tenemos para hacer posible el milagro de la abundancia. Hemos juntado ingredientes, depurado, cernido y amasado juntos. Hemos experimentado el buen olor de lo sinodal, lo fraterno y lo sororal, de lo que se conquista cuando unimos las manos y saboreamos la innegable vitalidad de la Vida Religiosa del Continente.
El Congreso no se puede agotar aquí, será necesario actualizarlo en lo cotidiano y a punta de opciones, lo que nos queda es renovar el deseo de ofrendar la vida, ser como pan partido, partirnos, repartirnos, desplazarnos hasta esas parcelas del Reino en las que urge que se comparta el pan.